CARLOS SANTANA. EL REGRESO DEL CHAMÁN ELÉCTRICO.

Texto: David Moreu (para la revista Ruta 66)

Carlos Santana es un artista que no necesita presentación, aunque siga empeñado en reinventarse constantemente. Tampoco necesita justificarse porque a finales de los años sesenta fue pionero en fusionar el rock distorsionado con los ritmos latinos cuando nadie más se atrevía a hacerlo y sus canciones abrieron un nuevo territorio sonoro que cambió para siempre la historia de la música popular. Desde entonces ha sido tan influyente como polémico: amado por su estilo inconfundible, criticado por sus giros comerciales y reverenciado como una leyenda de la guitarra. Ahora presenta Sentient, un álbum que mezcla canciones nuevas y temas antiguos con colaboraciones muy destacadas. Hemos tenido la oportunidad de repasar junto a él este asombroso viaje musical y espiritual desde las calles brumosas de San Francisco hasta el escenario de Woodstock, pasando por la ceremonia de los Grammy y sus célebres amistades. 

Acabas de presentar un nuevo álbum titulado Sentient que mezcla temas nuevos y temas antiguos con colaboraciones muy destacadas. ¿Cuál es el hilo conductor de esta propuesta?

El hilo conductor es mi amor por la melodía, ya sea por la melodía en sí o por mi padre, porque él me enseñó la música española. Más adelante aprendí de los gitanos: Django Reinhardt, Manitas de Plata, el gitano húngaro Gábor Szabó y, por supuesto, Paco de Lucía. Para mí es importante capturar ese espíritu gitano. Es algo que no se puede explicar en palabras porque es duende, no tiene palabras, es como un fantasma. Está ahí, pero no se puede tocar. Se puede sentir, pero no se puede tocar. Así que estoy muy agradecido porque todo lo que aprendí de España es increíble. El álbum Sketches of Spain debería sonar en todos los restaurantes del mundo. 

Precisamente uno de los colaboradores más importantes del nuevo álbum es Miles Davis, que aparece en dos canciones. ¿Cómo describirías vuestra amistad a lo largo de los años?

Miles Davis era un caballero muy delicado porque tenía mucha convicción y había que tener mucho cuidado con lo que se decía, porque no le gustaba la gente falsa ni superficial. Le gustaba la gente profunda, pero que también fuera divertida. Conocí a Miles Davis gracias a un baterista llamado Michael Shrieve. Él me introdujo a Coltrane y a Miles Davis al mismo tiempo. Y una vez que entras en su universo y te sumerges en álbumes como Sketches of Spain, Bitches Brew y Spanish Key, aprendes que Miles Davis sentía un amor especial por la música española. Se nota porque su forma de tocar esa música con la trompeta es muy auténtica, honesta y sincera.

Otro colaborador legendario es Smokey Robinson en la canción «Please Don’t Take Your Love». ¿Estabas al corriente de todo lo que hacía en Motown en los inicios del sello?

Llegué a San Francisco en 1962 y Motown tenía más números uno en la radio que los Beatles y los Rolling Stones. Y resulta que la persona que componía la mayoría de esos éxitos era Smokey. Él escribía canciones para los Temptations, las Supremes y Marvin Gaye. Escribía canciones para todos. Un día recibí una llamada y era la gente de su equipo. Me dijeron: “Smokey quiere saber si te gustaría tocar en una de sus canciones”. Yo dije: “¡Por supuesto!”. Recibí la misma llamada de Paolo Rustichelli y de Miles Davis, y respondí: “¡Por supuesto!”. También recibí la misma llamada de Michael Jackson. Simplemente me despierto por la mañana y recibo la noticia de que estos artistas increíbles quieren invitarme a participar en sus canciones. Me hace muy feliz que confíen en mí.

Empezaste tu carrera a finales de los años sesenta en San Francisco, coincidiendo con el apogeo de los hippies y de la contracultura. ¿Cómo recuerdas aquella época tan idealizada?

San Francisco fue una revolución de la consciencia. Era como mirar una pintura de Salvador Dalí. Era como el peyote, la ayahuasca, la mezcalina, el LSD o cualquier cosa que haga que tu mente se expanda, se extienda y se eleve. Al principio, la energía y la consciencia eran una aventura. Además, San Francisco era diferente de Nueva York o Los Ángeles. La banda de Los Ángeles que estaba más cerca de la música que hacíamos en San Francisco eran los Doors porque amaban a Coltrane y a John Lee Hooker. Me siento realmente agradecido de haber llegado a San Francisco a principios de los años sesenta porque, en el barrio donde crecí, escuchábamos a Mongo Santamaría, Ray Barretto y Tito Puente, pero también a Olatunji, John Coltrane, Ravi Shankar, los Grateful Dead y Jimi Hendrix. Para mí fue una variedad muy entretenida. Luego ibas a casa de alguien y estaban fumando marihuana y escuchando a Ali Akbar Khan. Era muy natural estar en San Francisco y sentirte como una esponja que lo absorbía todo.

Mientras vosotros creabais el Latin Rock en el Mission District, en Nueva York triunfaba el sello Fania Records con el boogaloo y la salsa. ¿Prestabas atención a lo que hacían esos artistas?

Absolutamente. Estaba conectado con Eddie Palmieri, Tito Puente, Ray Barreto y los demás. Todos me conocían y yo los conocía a ellos. Todos escuchábamos a Thelonious Monk y música africana, como la Orchestra Baobab. Solía decirles a mis amigos puertorriqueños y cubanos: “La música que vosotros amáis empezó en África. La charanga, el cha-cha-chá, el mambo, el danzón, los boleros y toda esa música que tocáis no empezó en Puerto Rico ni en Cuba, sino que empezó en África. Así que deberíais tener un poco más de respeto por los músicos africanos, porque ellos inventaron la sopa de pollo. Vosotros hicisteis una marca de eso y la bautizasteis como salsa, pero la salsa son ritmos y melodías africanas”. Por eso me quieren tanto en África, porque digo estas cosas y valoran que cuente la verdad a la gente.

Muchas veces has comentado que tu mayor influencia fue el blues y que te cambió la vida para siempre. ¿Por qué crees que los hippies y los universitarios lo abrazaron con tanta fuerza?

Porque el blues es una expresión musical desnuda y cruda. Los primeros músicos que amé fueron Jimmy Reed, John Lee Hooker y Lightnin’ Hopkins. Luego pasé a B.B. King, T-Bone Walker, Freddie King y Albert King. Pero el blues, ya fuera de Chicago, de Memphis o de Texas, siempre fue algo magnético para mí. Tiene magnetismo. Igual que cuando descubrí la música española gracias a Manitas de Plata, Django Reinhardt y, por supuesto, Segovia.

Los caminos del blues y del flamenco son más parecidos de lo que muchos imaginan…

Tal como te he contado, mi padre me enseñó cómo llevar una melodía. Hay muchos artistas que son grandes músicos, pero no saben llevarla. Es como dar la mano, pero no te la dan de verdad… simplemente la tocan. Uno tiene que sentir el corazón de la melodía. Esto me lo descubrió el flamenco. Te voy a contar una historia. Un millonario nos invitó a tocar en uno de sus eventos y la otra banda eran los Gipsy Kings. Resulta que ellos iban a lo suyo y se mantenían aparte. Pero yo me acerqué a su camerino, llamé a la puerta y les dije: “Hola, me llamo Carlos Santana. Solo quiero decirles que realmente amo su música”. Me miraron con desconfianza y de forma un poco sospechosa. Entonces les dije: “Por cierto, quiero decirles que mi guitarrista de flamenco favorito es Manitas de Plata”. Uno de ellos me dijo: “¿Manitas de Plata es tu guitarrista favorito?”. Yo le respondí: “Sí, ¿por qué?”. Y él dijo: “Es mi tío”. Lo que quiero decirte es que la sincronía de estar en este planeta no es una coincidencia. En realidad, es algo muy sólido. Por ejemplo, poder conocer a Miles Davis, Tito Puente y B.B. King. Eso fue lo que me dijo Bill Graham: “Tú eres el hijo perfecto de B.B. King y Tito Puente. Amo a las demás bandas, pero tú eres diferente”.

Bill Graham fue una de las personas que más te ayudó a despegar en la escena musical. ¿Cómo describirías su importancia en los primeros años de la banda Santana?

Bill Graham les decía a los hippies: “Si queréis escuchar a los Grateful Dead, tenéis que escuchar a Miles Davis. Si queréis escuchar a Santana, tenéis que escuchar a Roland Kirk”. No tenía miedo de combinar a Buddy Rich con Ten Years After. De este modo enseñó a la comunidad hippie a expandirse. Esto es más que escuchar a Quicksilver Messenger Service, los Grateful Dead o Janis Joplin. Debes escuchar también a Coltrane y a otros músicos de jazz. Gracias a Bill Graham vimos a Miles Davis en el Fillmore muchas veces. Estoy hablando de la improvisación. Cuando pasas mucho tiempo con John McLaughlin y Paco de Lucía, es realmente mágico ver cómo los dos tienen una conversación a través de la guitarra. Extraño muchísimo a Paco, ¿sabes? Algún día haremos un concierto benéfico junto con su familia e invitaremos a la comunidad gitana para rendirle homenaje tanto a él como a Django Reinhardt. Porque un mundo sin gitanos no es un mundo en el que quiera estar. El elemento gitano es algo delicioso.

Curiosamente, una de tus primeras grabaciones fue en directo en el Fillmore de San Francisco en 1968 y apareció en el famoso álbum The Live Adventures of Mike Bloomfield and Al Kooper.

Recuerdo que recibí una llamada de Bill Graham diciéndome: “Escucha, algo le ha pasado a Michael Bloomfield. No creo que pueda tocar esta noche”. Entonces quería saber si yo quería reemplazarlo. Le respondí: “Claro, por supuesto”. A mí me encantaba Al Kooper, tanto con Blues Project como acompañando a Bob Dylan. Tocaba el órgano de manera increíble con Bob Dylan. Esa decisión me abrió las puertas. Realmente había algo con Santana. Cada vez que alguien cancelaba en el Fillmore, Bill Graham nos llamaba para que tocáramos en su lugar. Así que Santana fue la primera banda que encabezó el Fillmore sin tener un álbum publicado. Después de abrir conciertos para Procol Harum, Buddy Miles y Sly Stone, empezamos a ganarnos a su público porque les gustaba lo que hacíamos. Era normal que tuviéramos nuestro propio público incluso sin un álbum en el mercado. Por eso Bill Graham me invitó a tocar con Michael Bloomfield y Al Kooper.

También fuisteis la única banda que actuó en Woodstock sin tener un álbum en el mercado. ¿Cómo recuerdas vuestra llegada al festival y el inicio del concierto frente a esa multitud?

Fue algo sagrado. Estábamos en un helicóptero, miré hacia abajo y literalmente parecía un océano de cabello, dientes, brazos y ojos. Fue como: “Dios mío, mira toda esta gente”. También recuerdo el sonido. Era increíble cuando rugían y aplaudían. Bill Graham nos dijo: “Os invitaré a tocar en este concierto y nunca vais a ser los mismos. Os cambiará la vida por completo”. Yo le dije: “No, así estamos bien. Solo somos unos chicos que nos hemos criado en las calles de San Francisco”. Y él me respondió: “No. Escucha lo que te digo. Esto ya les ha pasado a muchos artistas. Se les sube a la cabeza y entonces ya no ensayan tanto como antes. Así que os estoy preparando. Vuestra vida va a cambiar”. Y yo le dije: “No, Bill, nosotros no cambiaremos”. Pero nos cambió a todos. No creo que nadie esté preparado para ser reconocido en todo el mundo. Puede ser algo saludable si estás centrado con la meditación. No es saludable si te obsesionas porque, de repente, te vuelves paranoico, miedoso, arrogante, engreído… en realidad, simplemente te vuelves estúpido porque es demasiado lo que pierdes al ser reconocido en todas partes. En mi caso, decidí que necesitaba leer a Paramahansa Yogananda, como George Harrison. Necesitaba disciplina espiritual. Estoy muy agradecido a George y a John McLaughlin por haberme abierto a la religión oriental. Aunque yo lo llamo disciplina espiritual.

¿Qué influencia ha tenido la espiritualidad en tu manera de entender la música y el arte?

La espiritualidad me hizo sentir que la vida no es complicada. Es muy simple. Solo se complica cuando pasas demasiado tiempo encerrado en tu mente. Si pasas más tiempo en tu corazón y aprendes a meditar por la mañana, por la tarde y por la noche, y eres más selectivo con lo que lees, entonces te das cuenta de que realmente puedes sentarte a tocar y tener una conversación con Paco de Lucía y John McLaughlin. Algo cambia porque antes pensaba: “No puedo tocar con esos tipos. Son demasiado increíbles. No sabré qué hacer.” Bueno, solo cierra los ojos y siente tu corazón. Y luego, sin darme cuenta, Paco y John me miran como diciendo: “Sí, nos gusta lo que estás diciendo”. No se trata de velocidad. No se trata de cuántos acordes conoces. Se trata de cuánto sientes cada nota en tu corazón. Eso es lo que está pasando ahora.

Uno de tus mayores referentes musicales ha sido John Lee Hooker. Tengo entendido que actuasteis juntos muchas veces en un pequeño club californiano llamado Sweetwater y que eso te llevó a participar en el álbum The Healer que fue un éxito en 1989.

Mi teléfono acostumbraba sonar y era John Lee Hooker, que decía tartamudeando: “Ho-ho-hola”. Yo le decía: “Hola, John”. Y él decía: “Ho-ho-hombre, cuando escucho tu voz es como comer un pedazo enorme de pa-pa-pastel de chocolate”. Y yo le respondía: “Dios mío. Nadie me había hecho un cumplido así. Gracias, John”. Luego me contaba que había grabado un álbum con Miles Davis: “¿Tú-tú-tú sabes quién es Miles Davis?”. Le dije: “Sí, claro que conozco a Miles Davis”. Y él me dijo: “Un ti-ti-tipo raro, ¿no?”. Le pregunté qué tenía de raro y él me dijo: “Estuvimos en el estudio tres días. No le habló a nadie, excepto a mí. Y lo único que me dijo fue: eres el tipo más funky del planeta. Suenas como si te hubieran enterrado hasta el maldito cuello en el barro y luego cantaras: mmm, mmm, mmm”. Le dije: “John, eso es un cumplido”. Y él me respondió: “Bu-bu-bueno, supongo que sí”.

Siempre he tenido la impresión de que tu álbum Supernatural de 1999 estuvo muy influenciado por ese álbum de John Lee Hooker y su voluntad de llegar a un público más amplio. ¿Tuviste dudas a la hora de afrontar ese proyecto?

No, porque con Abraxas ya había hecho un álbum que se hizo global. Entonces sabía que había una manera de penetrar esa conciencia y contaba con la visión de Clive Davis. Él me dijo: “Quiero hacer este álbum contigo. Yo traigo siete canciones, tú traes siete canciones y nos encontramos a mitad de camino”. Luego añadió: “Por cierto, voy a traer a Lauryn Hill y a Dave Matthews”. Empezó a nombrar a toda esa gente y fue increíble. Hice una canción con Lauryn Hill y la tocamos juntos en los Grammy. Eric Clapton estaba entre los asistentes y luego me contactó: “Oye, Carlos, he oído que me buscabas para participar en tu álbum. ¿Es demasiado tarde?”. Le dije que aún estaba a tiempo e hicimos una canción llamada «The Calling». Un mes después, la gente de mi equipo me avisó cuando llegué a la oficina y les pregunté “¿Por qué actuáis de manera tan extraña?”. Me dijeron: “Eric Clapton firmó el contrato con esta discográfica y entonces tuvo que cobrarte”. Yo les pedí que me mostraran la factura. ¿Sabes cuánto me cobró? Un dólar. Eric y yo éramos como hermanos. Siempre que me necesita, estoy ahí para él. Tenemos esta amistad porque confiamos el uno en el otro. Lo mismo sucedió con Peter Green. Me siento muy honrado de decirte que pude coexistir con Jeff Beck, John McLaughlin, Eric Clapton y Peter Green. Todos escuchábamos lo mismo: el blues. Ya sabes, B.B. King, Albert King y Freddie King. Gracias a John McLaughlin aprendí a escuchar a Ravi Shankar y Ali Akbar Khan. Así que todos mis amigos son maestros. Yo soy un estudiante, me enseñan lo que aman y yo lo abrazo con todo el corazón.

Una de las cosas que más me gusta del blues es que es una tradición oral que se transmite de generación en generación. ¿Ha cambiado tu manera de entender el significado de esta música?

Siento que soy parte de esa generación de los Doors. No me da vergüenza decirlo. Siento que estoy en el mismo círculo que Bob Marley y Bob Dylan porque todos queremos lo mismo. Queremos complementar la vida. Queremos sanar los corazones de las personas. Y queremos hacer música que ayude al mundo a deshacerse de todos los muros. Nada de muros como el de Berlín. Poco después de la caída del Muro de Berlín liberaron a Nelson Mandela. Todavía toco música para derribar muros. Los muros que tenemos en la cabeza porque todos los muros se construyen por culpa del miedo. Jesús convirtió el agua en vino. Nosotros convertimos el miedo en alegría y somos capaces de traer a este planeta armonía, unidad y un solo corazón.

¿Sería acertado afirmar que tu carrera musical ha sido un viaje en busca de las raíces de la música popular norteamericana, como el blues y el jazz, pero sin miedo a acercarte al pop?

Exactamente. Ha sido como un despertar que me ha permitido descubrir cada vez más ritmos y melodías africanas. Hoy estuve todo el día escuchando Africa/Brass de John Coltrane. Eso es lo que escucho para marinar mi corazón y mi mente. Si trabajas en una tienda donde hacen incienso, después de un tiempo tus manos y todo tu cuerpo huelen a incienso. Entonces, yo escucho la música de Africa/Brass de John Coltrane porque quiero que todo mi cuerpo, mi cabello y mis dientes huelan a ese álbum. No me da vergüenza decirlo. Escucho esa música y luego puedo poner cualquier otro álbum.

En una entrevista dijiste: «Cuando Hitler ostentaba el poder, estaba la Resistencia. De ahí pasamos a los beatniks, luego a Bob Dylan y el Greenwich Village, y después a San Francisco y los hippies. Siempre hay una nueva ola. Estamos en este proceso”. ¿Crees que esta idea sigue vigente con el panorama político actual y las guerras imperialistas?

Sí, porque creo que cada persona encarna la divinidad y la luz. Y la divinidad y la luz siempre transforman la oscuridad, que es la ignorancia, el miedo y la avaricia. Por este motivo el nuevo álbum se llama Sentient. Porque te hace ser consciente de que eres divino. Y también eres un rayo de luz. Yo invito a las personas a que se detengan frente al espejo, se miren y digan: “Dios me ama. Está orgulloso de mí. Y cree en mí”. Valida tu existencia. No es ser vanidoso ni arrogante el hecho de decir: “Debo ser bastante bueno porque Dios, que creó las constelaciones y la Vía Láctea, también me creó a mí”. No dejes de recordar esto. No pienses como un pecador miserable que no vale nada, que está perdido y no tiene esperanza. Si piensas así, eso te destruye. No puedes crear desde ahí. Yo me identifico con Picasso y con Miles Davis porque ambos eran guerreros increíbles. No tenían miedo. Cada vez que vengo a España, voy al Museo Picasso de Barcelona y entro en trance en cada planta con el periodo azul o el cubismo.