Nick Waplington

LA BELLEZA DEL CAOS Y LA TIERRA PROMETIDA.

Texto: David Moreu / Fotos: Nick Waplington

Debemos asumirlo. Vivimos en un mundo digital fragmentado y la información ha perdido su valor estratégico por el simple hecho de que navegamos en sobreabundancia. Internet ha logrado difuminar el concepto de frontera y nos muestra en tiempo real lo que sucede en los rincones más inhóspitos del planeta. Puede que sea un avance tecnológico fabuloso, pero nadie se preocupa por reflexionar sobre esta avalancha de contenido. Asimismo, ¿quién sueña con recordar el pasado? Hace pocos años, lo más importante era estar en el lugar correcto y en el momento oportuno. Sólo así se podía ser testigo de algo excepcional y acercarlo a la gente a través de los medios. Éste es el caso del fotógrafo Nick Waplington, que se ha convertido en un referente gracias a sus viajes, a sus imágenes comprometidas y a su voluntad de interpretar la sociedad mediante el arte. Después de pasar cuatro años alejado de los focos, volvió a estar de actualidad gracias al Surfilm Festibal, que utilizó una de sus fotografías más icónicas (extraída del libro “Surf Riot”) para el cartel de su décima edición. Tuve la oportunidad de hablar con el artista inglés para conocer los entresijos de su universo visual. Un viaje frenético que nos lleva desde las playas de California hasta los campos de refugiados de Jerusalén, con un trasfondo de skate y música electrónica.

Para empezar la entrevista, ¿podrías explicarnos de dónde viene tu pasión por la fotografía y qué significa este “arte” para ti?
Cuando era joven me las apañé, de algún modo, para tener una cámara. Un chico del colegio no tenía dinero para comprar droga un fin de semana, así que me vendió el equipo de foto profesional que sus padres le habían regalado para su cumpleaños. Lo conseguí muy barato y me sentía culpable, por ese motivo le dije que podía recuperarlo todo por el mismo precio en un plazo de seis meses. Ahora estoy agradecido de que no lo hiciera. El hecho de tener la cámara me generó una gran excitación, un subidón de adrenalina que ha durado hasta la actualidad. Empecé a llevar la cámara conmigo cuando iba a conciertos o cuando salía a patinar, pero como no tenía un ojo de pez dejé de hacer fotos de skate muy pronto. La última parte de los años 70 y los primeros 80 fueron una gran época para los adolescentes. Eran días de libertad en los que los chavales podían hacer muchas cosas que hoy son impensables en el ambiente tan estricto que nos rodea. No había un sistema de identificación, así que con 13 años podía ir a clubes, ver conciertos y beber cerveza sin problemas. La única norma que pusieron mis padres fue que no dejara de ir al colegio. Siempre fui a clase porque era consciente de la importancia de la educación como vía de escape.

Creo que tuviste la oportunidad de viajar con David Goldblatt, el famoso fotógrafo surafricano. ¿Qué aprendiste de esa experiencia?
Cuando era joven, conduje desde Ciudad del Cabo hasta Johannesburgo con David Goldblatt durante un día. Salimos a las 6 de la mañana y tardamos 12 horas en llegar. El hecho de tenerlo a mi lado durante tanto tiempo me permitió hacerle muchas preguntas. Lo que más me interesaba era su actitud hacia los “Afrikaaners” (la gente blanca de Sudáfrica de origen holandés), que habían sido los grandes responsables del apartheid. Él me contó que la primera vez que tuvo contacto con ellos había sido en la tienda de su padre. Entonces aprendió su lengua y decidió ir tras ellos para saber cómo eran. Sin pretenderlo, esto le llevó a hacer “In Boksburg”, el trabajo fotográfico sobre el suburbio de “Afrikaaners” de Johannesburgo. Esa actitud hacia “los otros” tuvo un efecto muy profundo en mí. Muchos años después, y conociendo mejor el mundo, fui capaz de aprender más sobre este tema al hacer mi trabajo en los asentamientos judíos en el West Bank. Existe una línea muy estrecha que separa el apaciguamiento del entendimiento del “otro”, pero creo que se trata de un espacio muy interesante en el que crear arte.

Otro de los fotógrafos que te han influido es Richard Avedon, a quien ayudaste a editar su biografía…
Era amigo mío y pasamos mucho tiempo juntos. Él hacia la cena y entonces hablábamos sobre arte. Él tenía 70 años y creo que le interesaba conocer el punto de vista de alguien cinco décadas más joven. Siempre recordaré el verano de 1989. En aquellos días practicaba mucho skate en New York y la canción “Fight The Power” de Public Enemy sonaba en todas partes gracias a la película “Do The Right Thing” de Spike Lee. Ese verano, Avedon me llevó al Museo de Arte Moderno y me presentó a sus responsables. Visto en perspectiva, el caso de Avedon es muy interesante puesto que a la gente le costaba diferenciar su arte de su persona. Los círculos fotográficos no le tenían aprecio por el carácter comercial de su obra, que era totalmente opuesto a la estética moderna de gente como John Sarkowski, que se encargaba del departamento de foto del MoMA en New York. Hasta que se jubiló en 1991, el punto de vista de Sarkowski condicionó la fotografía artística. Si no tenías su apoyo eras un verdadero “outsider”. La manera de trabajar de Avedon, utilizando los encargos comerciales para financiar su trabajo más personal, está muy aceptada hoy en día, pero entonces era considerada como vulgar por los círculos más elitistas. Yo era joven y pude descubrir el potencial de esa manera de hacer las cosas. Ahora, diez años después de su muerte, el valor de su trabajo puede apreciarse mucho mejor, puesto que la gente puede distinguir su personalidad de su obra. Los trabajos de gran formato que hizo entre finales de los años 60 y la década de los 80, sobre todo las imágenes políticas, son un hito, son innovadoras y resultan de gran importancia para la historia de la fotografía. Nos distanciamos cuando estaba ayudándole a editar su autobiografía, puesto que yo creía que ésta debía incluir texto e imágenes. Pero, al final, era su decisión la que contaba.

A lo largo de tu carrera has tenido la oportunidad de sumergirte en muchos temas y mostrarlos al mundo. ¿Qué intentas transmitir con tu trabajo?
Como persona y como artista siento que tengo un compromiso con el mundo en el que vivimos. No me dedico al arte por el simple hecho de hacerlo. Todas las preocupaciones y problemas que tengo con el mundo se manifiestan en mi trabajo, incluso de maneras que yo no entiendo hasta varios años después. Lo más importante es no parar de trabajar. A menudo la gente critica que no tenga un estilo concreto o un tema propio y que siga cambiando. Sinceramente, yo veo esto como algo positivo, puesto que mis gustos, mis preocupaciones y mis maneras de trabajar son tan variadas como el mundo que nos rodea. No me interesa ser conocido por un estilo concreto y tampoco quiero estar vinculado a un único tema.

En una entrevista comentaste que, cuando miras tus trabajos, siempre encuentras elementos que te permiten conectar con la obra una vez ya está en el dominio público. ¿Podrías darnos algún ejemplo de estos detalles personales? ¿Crees que el trabajo deja de pertenecerte cuando se exhibe?
Estoy completamente de acuerdo en que, una vez el trabajo pasa al dominio público, éste deja de pertenecerte para siempre, puesto que la gente aporta sus propias interpretaciones. Muchas veces me sorprendo con las reacciones del público hacia mi obra, pero esto le da más significado. Cualquier interpretación de una obra de arte es válida, aunque a veces la visión sea un poco aterradora. En última instancia, yo hago las obras para mi mismo sin ninguna premeditación, por este motivo siempre encuentro significados personales muchos años después. No quiero decir cuales son, porque necesito guardar ciertas cosas para mí. Paso bastante tiempo re-contextualizar el trabajo que hice en el pasado y, actualmente, estoy trabajando en un proyecto titulado “Made Glorious Summer”, que está formado por fotos hechas hace 30 años y que nunca se han visto. Pero incluso los trabajos más vanguardistas acaban siendo una antigüedad.

Has viajado por todo el mundo y no has dudado en visitar lugares peligrosos para hacer tu trabajo. ¿Crees que los artistas o los fotógrafos deben tener un espíritu rebelde para conseguir que su obra sea especial?
No necesariamente. Cindy Sherman trabaja en su estudio de New York y no necesita viajar para que su obra sea fascinante. Yo siento una gran pasión por los viajes y he encontrado maneras de incorporarlos en mi trabajo. Aunque, si tuviera que pasar el resto de mi vida en un estudio, también encontraría una manera de disfrutarlo. Puedo trabajar en cualquier sitio donde vaya, esa es una parte fundamental del reto de mi profesión.

Cuando veo una fotografía de un desastre natural o de una situación violenta, siempre me cuestiono la posición moral del fotógrafo. ¿Qué opinas de este dilema? ¿Alguna vez has considerado no tomar una foto para intervenir en la situación?
En la contraportada de mi primer libro, “Living Room”, aparece una imagen de una niña pequeña llorando con la mano en el ojo, porque se había golpeado con una puerta. Tomé la foto y, en seguida, cogí a la niña en brazos para consolarla. Tengo un amigo que, hace unos años, fue de incógnito a Arabia Saudita para grabar una ejecución pública. Yo no podría afrontar esa situación, puesto que no tengo tanta fuerza. Pero respeto a toda esa gente que pone en riesgo su vida para acercarnos las noticias que suceden en el mundo.

Uno de tus trabajos más singulares es la novela gráfica “Terry Painter”, que hiciste en colaboración con Miguel Calderón y era una mirada a la escena del arte de New York. ¿Qué opinas de que, hoy en día, apenas haya diferencias entre el arte oficial y el street art? ¿Te gustaría volver involucrarte en un proyecto similar?
No haré más novelas gráficas, aunque he escrito el argumento de dos volúmenes más de “Terry Painter”. En el primero, Terry viaja por América trabajando como actor porno en el Fuck Truck y utiliza el dinero que gana para pagarse la operación de cirugía estética que le devuelva su apariencia original. Cuando llega a Los Ángeles se encuentra de nuevo con Gina y ambos se convierten en las mayores estrellas del porno. En la tercera parte de la trilogía, Gina y Terry forman un grupo de fanáticos y esto hace que Terry entre en política como Republicano y, finalmente, se convierta en el Presidente de los Estados Unidos. Esta última novela termina con una confrontación con los musulmanes y con una guerra nuclear. Sería genial poder hacer estos dos libros, pero no creo que pueda pasar otro año en México trabajando en ello. Por lo que se refiere al street art, éste permite que la gente pueda acceder al arte y, en ese contexto, me gusta. Aunque no encuentro demasiadas cosas que me interesen.

Los últimos cuatro años has estado viviendo y trabajando en Jerusalén. ¿Cómo describirías tu experiencia en la ciudad? ¿Crees que ha influido en tu manera de trabajar?
Durante mi estancia en Jerusalén volví a tomarme en serio la pintura, que ha pasado a ser mi principal ocupación y creo que será así hasta el final. No digo que no vuelva a hacer fotos, pero primero tengo que acabar varios proyectos. El primero es un libro titulado “Settlers”, que lo publicará Mack Books el próximo año, aunque algunas muestras de este trabajo ya han aparecido en la revista Aperture. Se trata de mi trabajo de foto más complejo hasta la fecha y, justo ahora, estoy escribiendo el texto. Es muy jodido, pero al mismo tiempo resulta muy gratificante. Asimismo, tengo un pequeño trabajo de pinturas y fotos que hice en el West Bank, titulado “The Patriarch Wardrobe”. Es una combinación de fotos de niños beduinos revolviendo la basura de los colonos en busca de metales o cualquier cosa de valor, junto con pinturas de la región basadas en los metales recuperados.

Tu última exposición en el See Studio no estaba formada por fotografías, sino esculturas muy extravagantes. ¿Sientes la necesidad de experimentar con los formatos para que tu obra evolucione? Creo que para este proyecto contaste con la colaboración de varios refugiados palestinos…
Pasé bastante tiempo en los asentamientos israelitas en el West Bank y no paraba de encontrar calentadores de agua solares por las calles. Algunos habían sido utilizados como diana para los colonos que practicaban a disparar, hasta que los desecharon. Un día cargué uno en el coche y lo llevé a mi casa de Jerusalén. Lo puse en mi jardín para reflexionar sobre él, pero entonces encontré muchos más y formé una colección. Parecía que transmitieran algo y que tuvieran energía. Una noche salí a tomar algo y tuve uno de esos momentos de euforia que los artistas siempre esperan. Decidí llevar esos calentadores a un campo de refugiados palestino y que los pintaran como si fuesen coches de carreras. Los palestinos adoran a sus coches, aman los caballos de carreras y todo lo relacionado con la velocidad. El Corán dice que Mohammad montó su caballo Barack desde La Meca hasta Jerusalén y que viajó tan rápido que sólo se apreciaban las huellas del caballo. Por este motivo la obra lleva implícito un elemento sagrado. Así que me dediqué a convertir calentadores de agua israelitas en coches de carreras, gracias a la ayuda de palestinos. Y los devolví a Israel, donde la mayoría de palestinos no pueden entrar. He escrito un ensayo de 15.000 palabras sobre este trabajo, pero solamente es una parte de la historia. Hice una exposición en Londres y me gustaría que se pudiera ver en otras ciudades.

Staf es una revista consagrada al surf, por este motivo nos interesa la historia de tu libro “Surf Riot”. ¿Qué sucedió realmente ese último día de agosto de 1986 y qué hacías en Huntington Beach?
Ese día fui al OP Surf Pro, igual que muchos jóvenes que vivían en la zona de Los Ángeles. Era el último día del verano y coincidía con que era festivo. Lo que sucedió fue que, esa mañana, un avión de Mexican Airlines chocó con otro avión y se estrelló en el barrio residencial de Cerritos, matando a todos los pasajeros y a la gente de las casas donde cayó. Este vecindario está cerca de Huntington Beach, así que los servicios de emergencias ya estaban colapsados sin contar con la revuelta de los surfistas. Esa mañana me levanté tarde y conduje desde Santa Mónica hasta Huntington Beach, pero tardé una eternidad por culpa del accidente de avión y de las 100.000 personas que iban a la playa para ver el campeonato de surf. Estaba tomando fotos de skate en la rampa cuando vi el humo negro que salía de un coche de policía en llamas. Decidí ir a echar un vistazo. Llegué en el momento que la gente empezaba a desmadrarse y no dudé en tomar fotos. Todo pasó muy deprisa y me moví por la zona intentando tomar fotos variadas. Por lo que puedo recordar, los chavales estaban muy cabreados, gritaban y se enfrentaban a la policía. Tampoco había muchos agentes debido al accidente aéreo, pero la Guardia Nacional no tardó en llegar y limpió la playa. Mis últimas imágenes son de esto. Viendo ahora las fotos, me doy cuenta de lo “blanca” que aún era California en aquellos días. Es impresionante porque hoy es un lugar completamente distinto.

Muchos artículos comentan que solamente tenías un carrete de 24 fotos, pero que hiciste 25 instantáneas. ¿Cómo lo lograste? ¿No te inquietaba poder malgastar fotos en hechos intrascendentes?
En la mayoría de carretes de 35mm hay, como mínimo, un fotograma extra… siempre y cuando seas muy cuidadoso a la hora de cargarlo en la cámara. Dependiendo de la marca puede que haya incluso dos. Por este motivo pude hacer 25 fotos. Presté mucha atención a los encuadres y pensé muy bien cada imagen, cosa que no resulta fácil cuando estás en medio de una situación tan complicada y con tanta presión. Además, estaba muerto de calor… el calor que desprendían los coches en llamas hacía que fuera complicado moverse por la zona. Aunque, viendo las imágenes, creo que hice un buen trabajo. Recuerda que eso fue antes de que existiera el auto-focus y la cámara que utilicé era completamente manual. Siempre utilizaba esas cámaras y sigo haciéndolo, a no ser que salga tarde por la noche y me de pereza. Entonces utilizo una cámara digital como todo el mundo.

Como fotógrafo, ¿cuál fue tu manera de abordar la situación de caos de ese día? ¿Por qué decidiste guardar las fotos durante tanto tiempo?
Realmente, fui a ver y a fotografiar a los hermanos Alva, que estaban haciendo skate en la rampa que habían montado en la playa. Por ese motivo, cuando estalló la revuelta, sólo me quedaba un carrete. Yo era skater y acostumbraba a patinar en el “pipeline” de Upland. El motivo por el que guardé las imágenes durante tanto tiempo fue porque mi madre las escondió. Estaban en una caja y ella me dijo que la había perdido. Hasta que, en el 2010, volví a casa una noche y mi madre había estado de visita y había dejado la caja en el pasillo. Sin ningún tipo de explicación. Como puedes imaginar, es una mujer muy extraña. Así fue como recuperé esos negativos y muchos otros trabajos de aquella época.

Has comentado que practicabas skate, pero ¿qué opinas de la cultura del surf? ¿Cuál es la banda sonora perfecta para tu día a día, cuando estás viajando o trabajando?
La cultura del surf y del skate están muy conectadas y muchos de mis amigos son surfistas, así que entiendo perfectamente de que va el asunto. Al mismo tiempo creo que la manera que tengo de trabajar implica una inmersión parecida a la que requiere el surf. Escucho música electrónica, principalmente Burial, Four Tet, Aphex Twin o cualquier cosa nueva que se parezca a estos artistas. Todavía compro singles de 12”. Soy un viejo en ese aspecto. A veces escucho clásicos como The Clash, Marvin Gaye, Billy Bragg, Joy Division, New Order o el período folk de Bob Dylan.

En otra entrevista afirmaste que te sientes como un “outsider”. ¿Crees que este es el precio que tienes que pagar para hacer las cosas a tu manera?
Bueno, soy un solitario, disléxico y zurdo, así que, por supuesto, me siento como un “outsider”. Me gustaría tener más habilidades comerciales, pero siempre acabo encontrando una manera de tirar hacia delante y eso es todo lo que necesito. Quiero tener tiempo para trabajar y, mientras pueda hacerlo, estaré contento. El problema que tengo actualmente es el almacenamiento. A medida que me voy haciendo mayor, este problema empeora. Necesito encontrar una buena galería para vender más obras y que me solucione los problemas de almacenamiento.

Para terminar la entrevista, una pregunta de aires románticos. ¿Existe alguna imagen idílica o recurrente que no puedas quitarte de la cabeza?
No soy de los que piensan de esa manera. Actualmente estoy pintando cada día en mi estudio de Chinatown en New York y, cuando me meto en la cama por la noche, pienso en el cuadro que estoy haciendo y en estrategias para ir evolucionando. Visualizo la pintura en mi cabeza y me excito tanto que tengo que levantarme para hacer bocetos. Cuando regreso a la cama intento pensar en que Inglaterra gana la Eurocopa de Polonia este verano. Haciendo este ejercicio sé que eso es una fantasía y que los cuadros son reales. Muy reales.