José Lamarca

UN FOTÓGRAFO TOCADO POR EL DUENDE.

Texto: David Moreu / Fotografías: José Lamarca

Existen algunas fotografías que están bañadas por aires de grandeza y que, con el paso del tiempo, se han convertido en un mito. Se trata de imágenes sugerentes que todo el mundo admira, pero sólo ciertos privilegiados conocen a la persona que las inmortalizó con su cámara. Si nos sumergimos en el mundo del flamenco, uno de los fotógrafos más reverenciados es José Lamarca, que fue el encargado de retratar a artistas de la talla de Camarón, Paco de Lucía o Niño Miguel en su época de esplendor. Una historia que empezó en Argentina en los años 60 y que nos transporta al epicentro de la farándula de Madrid gracias a sus sesiones de fotos en pizzerías, a las largas noches en tablaos flamencos y a su presencia en bodas gitanas, sin olvidar su amistad con estrellas de rock que empezaban a destacar en un país marcado por la Dictadura. José Lamarca estuvo allí, lo vivió todo a flor de piel y tuvo el valor de retratarlo todo con su estilo personal. Bienvenidos a esta entrevista en forma de viaje, que nos coloca en la primera fila del espectáculo más apasionante del mundo. Evidentemente, el resto es leyenda y quedó entre bambalinas.

La primera pregunta es obligatoria. ¿Cómo descubrió la fotografía y cuando empezó a dedicarse a ella en cuerpo y alma?
De joven ya hacía fotos y vivía en el campo. Fotografiaba a los paisanos trabajando con el ganado, paisajes, retratos de familias campesinas. Aprendí a revelar y me entretenía copiando fotos en el laboratorio. En fin, no recuerdo cuando, pero sí porqué empecé a tomarme más en serio y profesionalmente la fotografía. Trabajaba en un periódico y tenía que escribir sobre los sindicatos, el trabajo, sus condiciones y conflictos. Ahí me di cuenta de que las imágenes decían más que lo que escribía, que además era censurado si no gustaba.

Uno de sus primeros trabajos fue para un sindicato argentino, retratando los trabajos más duros y la vida de los jornaleros que viajaban. ¿Qué recuerda de aquella época y de esos encargos?
Me fui del periódico y, ya como fotógrafo, empecé a trabajar directamente en la oficina de prensa de sindicatos, documentando trabajos insalubres y condiciones extremas de trabajo. En cuanto al trabajo con los jornaleros (también llamados trabajadores golondrinas pues viajan de provincia en provincia para levantar las cosechas y vienen de lejos) de las provincias más pobres del norte, dejando atrás a sus familias a las que sólo veían tres o cuatro meses al año. Las condiciones en las que trabajaban eran pésimas. Me interesó lo que me contaban y empecé un trabajo por mi cuenta, visitando a sus familias en el lugar de origen, Santiago del Estero, Tucumán, fotografiando y grabando sus historias. El latifundio y sus víctimas, los campesinos sin tierra. De todos los trabajos que he hecho, éste es el que más me entusiasmó, aunque quedó inconcluso. Era como una novela, pero real.

Me comentó que a finales de los años 60 conoció a Antonio Gades, a Paco de Lucía y a Camarón. Sin duda, unos encuentros que le cambiaron la vida. ¿Cree que fue casualidad o producto del destino?
En realidad, a quien conocía y con quien tenía más relación era con Antonio Gades. Con Paco estuve en el casamiento de una prima mía, Marita, de la que él sí era amigo. Pero mi recuerdo no es preciso, sería en 1969. A Camarón le conocí posteriormente en Madrid. Mi encuentro con Gades no fue casual, le hacía las fotos para el vestíbulo del Teatro Avenida de Buenos Aires, donde él actuaba con su compañía.

Tengo entendido que por esas mismas fechas le detuvieron por militancia en un partido de izquierdas en su país y que después decidió venir a España. ¿Fue una decisión dura aquella partida? ¿Cómo veía el mundo un joven en aquellos días tan convulsos?
Fui detenido mientras hacia ese trabajo para Antonio. Recuerdo como un detalle gracioso que el general Lanusse, en ese momento autoimpuesto como presidente, invitó a Gades a una cena en la residencia presidencial y a que bailara para él y sus invitados. Antonio contestó que lo haría si ponía en libertad a todos los presos políticos. Es fácil imaginar que seguí preso. Cuentan que tuvo más fortuna en ese sentido Antonio Ruiz, que muchos años antes bailó para Franco para conseguir la libertad de un hermano suyo. A los seis meses de estar preso sin causa judicial, pedí la opción para salir del país, creo que aquí se llama extrañamiento. No me resultó dura la decisión, peor es la cárcel. Luego las condiciones políticas se hicieron más duras y la ley que me permitió irme fue abolida. Elegí España pues tenía amigos y ya estaba acostumbrado a vivir en situación de falta de libertad. Me llamó la atención que para entrar a las casas tenías que llamar a un sereno, no podías tener la llave de la puerta de calle. Sentí que volvía a tener pantalones cortos.

En Madrid retomó el contacto con Gades y empezó a frecuentar su pizzería, que por las noches se convertía en el epicentro de la movida cultural y flamenca de la ciudad. ¿Qué sucedía en ese lugar? ¿A quién conoció y qué fotografías hizo?
Antonio entonces inauguraba un restaurante y pizzería, Casa Gades, y me invitó para que hiciera fotos y fuera en las noches sucesivas a fotografiar a los personajes del mundo de la farándula, actores, flamencos y otros personas que cenaban con él. Las fotografías más interesantes se ponían en las paredes. Conocí a mucha gente, Paco Rabal, Lola Flores y el Pescaílla, a bailarines, actores, músicos… en especial, para lo que a mí concierne, me presentaron a Paco Rebés. Ya le conocía de Buenos Aires, era el representante de Antonio, llevaba a artistas flamencos a Alemania y Japón y es el que me hizo fotografiar por primera vez a Paco y Camarón para la cubierta de un disco. Mi primer disco en España, en el año 1972.

Como fotógrafo siempre se le relacionará con el mundo del flamenco y con ciertos artistas legendarios. ¿Se sintió integrado en ese ambiente tan cerrado o en algún momento se notó observado? ¿Cree que el hecho de venir de otro país le permitió abordar esa cultura sin tabús?
Hice cubiertas para otro tipo de artistas, Los Tequila, Los Chichos, Concha Márquez Piquer, Manuel Alejandro… pero con quienes me sentía más cómodo era con los flamencos y creo que se me daban mejor. Me gustaba su arte, su música, su forma de posar. Después de ese primer disco de Paco y Camarón que gustó a los flamencos, hice para RCA Víctor y Fonogram cubiertas para Menese, Melchor de Marchena, su hijo Enrique de Melchor, Fosforito, Lebrijano, Ramón de Algeciras, Niño Miguel y su sobrino Tomatito, Fernanda de Utrera, Carmen Linares, Antonio Mairena. Me ayudaba mucho estéticamente Francisco Moreno Galván, pintor, espléndido cartelista de flamenco y autor de letras flamencas para Menese y Miguel Vargas, y muy querido amigo. Con los flamencos siempre me sentí muy a gusto y la comunicación con ellos era cordial y divertida. En esa época los flamencos ganaban más trabajando a teatro lleno en Buenos Aires que en Madrid. Me invitaban a los festivales de verano en sus pueblos, lo pasaba muy bien, profundizaba en el conocimiento de su música y hacía fotos divertidas entre bambalinas. De paso, me alejaba de la abrumadora, por dramática, comunidad de exilados argentinos y chilenos. Salía del gueto. Los flamencos me ayudaron a integrarme, no a sentirme un extraño.

¿Podría contarnos cómo era su relación con Camarón y qué siente al escuchar su música? Me comentó que fue el fotógrafo de su boda… ¿qué recuerdos tiene de ese día?
A Camarón y a Paco los fotografié por primera vez en 1972 o 1973 en mi estudio del barrio de Malasaña en Madrid. Las sesiones eran largas y entretenidas. Creo que a José le caía bien, pues me invitó a su boda que duró dos o tres días. El 7 de junio pasado fui a ver bailar en Bilbao a la gran Manuela Carrasco, que fue la madrina de la boda de Camarón y la Chispa. Bailaba en el Guggenheim. Le llevé de regalo varias fotos de la iglesia y de la fiesta, y de su padre haciéndole palmas a Curro Romero. No las había visto nunca, se emocionaron ella y sus hermanos con esos recuerdos del año 1976.

Paco de Lucía es otro de los grandes artistas que ha retratado. ¿Sigue en contacto con él a pesar de que pasa grandes temporadas en México?
Con Paco de Lucía tengo menos relación. Las contadas veces que nos vemos nos saludamos y recordamos. Creo que la última vez que estuve charlando con él fue cuando hizo el concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo.

¿Cómo era la España de finales de los 60 y principios de los 70 para un joven argentino que veía las cosas a través del objetivo de una cámara?
Si no te fijabas mucho, para mí por mi trabajo, Madrid era una fiesta. No hice fotografías de la realidad política y social del momento hasta más tarde. No tenía papeles y quería evitar problemas. Así que mucho tablao y teatro. De todos modos, fui testigo de cómo la policía detenía a mi amiga la actriz Julia Peña durante la representación de “Lisístrata”, en la que ella trabajaba. Era la época de la huelga de actores para tener un día de descanso.

Ha comentado que muchas de sus fotos se utilizaron para portadas de discos y que el formato del vinilo era mucho más agradecido para el fotógrafo. ¿Contribuyó al diseño de alguna portada? ¿Cómo era el proceso de diseño, maquetación y tipografía en aquellos días analógicos?
Las cubiertas de los vinilos se cuidaban y el formato 30 x 30 cm daba mucho juego, tanto para fotógrafos como para diseñadores. Las discográficas tenían sus propios diseñadores y siempre traté de colaborar con ellos. Con Francisco Moreno trabajé más directamente en el diseño de algunas portadas de Menese y Miguel Vargas. Siento nostalgia de esas formas artesanales de trabajar. Cuando entregabas el original a la imprenta era como un collage que algunas veces hasta te daba ganas de enmarcar.

Además de la música, también fotografió actores de gran prestigio (sobretodo de teatro, gracias a su colaboración con Adolfo Marsillach). ¿Había diferencias entre retratar músicos y actores? ¿A nivel estético se marcaba retos?
Trabajé diez años haciendo retratos de actores y directores para el Teatro Nacional Clásico, desde que comenzó con Adolfo Marsillach. Curiosamente, los actores me parecían más inseguros frente a la cámara. Los flamencos, en especial los gitanos, me parecían más seguros y con más dominio de su cuerpo al posar. Soy un fotógrafo clásico y mi reto fue intentar retratar el carácter, la personalidad de mis modelos.

En los años 80 hizo algunos encargos para grupos de rock (como Tequila), pero no se sintió cómodo. ¿Cree que se había perdido algo por el camino?
Me sentí cómodo con los Tequila, de hecho era amigo de la madre de Alejo, la gran actriz Zulema Katz, y conocía a la familia de Ariel Roth. Pero, musicalmente, siento más afinidad con el flamenco, el jazz, el tango o la música clásica. Hace poco hice un retrato de un gran pianista clásico chino del que nos sentimos, tanto el modelo como yo, contentos con el resultado. Me gustaría hacer retratos de los músicos zíngaros de Centroeuropa, Rumania, Hungría, de la antigua Yugoslavia, con sus curiosos instrumentos. De cantantes de fado. Creo que el gusto por su música ayuda a aproximarte a sus intérpretes.

Para terminar la entrevista, ¿podría decirnos una imagen idílica que no se pueda quitar de la cabeza y que haya marcado su carrera?
Es una imagen que tiene relación con el trabajo inconcluso sobre los jornaleros golondrinas y sus familias. Tiene para mí la nostalgia de lo que no has podido terminar.