Brant Bjork

Hablar de un músico como Brant Bjork significa emprender un viaje hacia el desierto del Sur de California acompañados por una banda sonora que mezcla la actitud punk, el groove cósmico y la filosofía oriental con todo tipo de influencias sonoras arraigadas a la contracultura de antaño. Una historia que se remonta a finales de la década de los 80 como miembro fundador de los emblemáticos Kyuss, que recorrió la senda alternativa como productor y batería de los incombustibles Fu Manchu a finales de los años 90, que lo llevó a grabar el único álbum de Ché junto a otros sospechosos habituales de la escena del desierto en un momento de cambio vital y que ahora lo ha consagrado como un influyente artista en solitario. Visto en perspectiva, se trata de un icono de la independencia que ha encontrado su propia identidad dentro de una industria discográfica que está naufragando en medio de una tormenta y que ha sabido sacar el máximo partido a las crudas enseñanzas que ha aprendido a lo largo de su carrera. Un personaje inconformista, meditativo, salvaje, comprometido, rebelde y entrañable. Para muchos, un referente en una época en la que los valores del rock n’ roll han perdido su relevancia en medio del caos de la sociedad capitalista. Para otros, un trovador electrificado y anacrónico que no se cansa de revisitar espacios ya conocidos en cada uno de sus álbumes. A pesar de que estas hermosas contradicciones contribuyen a engrandecer su leyenda, solamente podemos entender su versión de los hechos gracias a las reflexiones que ha compartido con nosotros en esta extensa entrevista. Todo lo demás son melodías distorsionadas y ritmos sincopados que el viento arrastra sin piedad por el desierto.