Batu Bolong Surf

El paraíso no existe, aunque ciertos lugares remotos se han ganado este calificativo gracias a las leyendas que han ido circulando de boca en boca durante siglos. Según la tradición occidental, se trata de destinos tropicales ubicados a pie de playa, donde la vida transcurre al ritmo de las mareas, con el sol brillando imponente en el cielo y la única preocupación de sus habitantes es la lluvia del monzón que puede negar la cosecha de arroz. Todo lo demás es un sueño magnificado por escritores, viajeros, vagabundos, trotamundos y mochileros en su afán por huir de la rutina de un mundo hipertecnológico que se ahoga en sus propias modas por culpa de la globalización. La isla de Bali, ubicada en el archipiélago de Indonesia, se ha convertido en uno de estos enclaves tan mitificados donde las exigencias del turismo de masas, la búsqueda espiritual de los amantes del yoga y el deseo de olas grandes de los surfistas todavía se cumplen sin demasiadas complicaciones. Para muchos es un sueño terrenal que puede acariciarse con la punta de los dedos. Para otros es un lugar mágico que está evolucionando sin rumbo aparente. Aunque la única verdad importante es la opinión de los locales, que han visto como sus pueblos y sus playas han cambiado por completo en las últimas décadas con la llegada de gente de todos los rincones del planeta. Durante un viaje a Indonesia el pasado mes de enero, tuve la oportunidad de entrevistar a I Wayan Suniarta (más conocido como Sunny), uno de los pioneros del surf del pueblo de Canggu en el sureste de Bali, para conocer sus hazañas en la playa de Batu Bolong y entender una cultura ancestral que se niega a perder sus tradiciones a ritmo de reggae.